FUENTE: Diario Clarín             

Este texto corresponde a la serie «Cartas desde las Islas», una edición de la correspondencia enviada por 15 soldados y oficiales durante la Guerra de Malvinas. Saber más: 

Segunda Serie

1.- «El frío es cada vez más insoportable y el tufo también. No nos bañamos desde que llegamos”

2.-“El viejo debe estar orgulloso de que yo estoy aquí porque no le voy a fallar”

3.- “Espérame en casa que uno de estos días llego”

4.- “Hoy 12 de junio empezó el ataque final. Quedate tranquila, todo está bien”

 

“El frío es cada vez más insoportable y el tufo también. No nos bañamos desde que llegamos”

Querida familia:

Hoy ya hace 20 días que estamos acá. El frío es cada vez más insoportable y el tufo también es insoportable ya que desde que llegamos no nos bañamos.

Hace dos días que me quedé sin cigarros, consigo algo comestible y se los cambio a los demás soldados.

Este pozo (trinchera) es cada día más insoportable, parecemos ratas esperando que venga el gato a comernos.

Vieja, sabés, todos los días me acuerdo del negocio, dado que en nuestra trinchera tenemos dos o tres lauchas. Los otros días nos comieron un pedazo de Mantecol y unas galletitas. Te imaginás como las puteamos.

Bueno no te hagas problema que cuando vuelva a casa me las llevo conmigo, no las voy a dejar solitas. Total unas más qué nos hace.

Bueno acá lo único que nos queda es esperar, por suerte tenemos una radio y nos enteramos de las noticias por una radio de Uruguay.

Te puedo asegurar que cuando nos enteramos que habían hecho mierda un par de helicópteros y un barco, nos pusimos muy contentos. Te imaginás cómo nos levanta el ánimo, imaginate que en las islas Georgias hay solamente 150 efectivos y los están haciendo mierda a los ingleses.

No vemos la hora de que se arme o se arregle, pero que sea rápido.

Bueno familia, acá la vida es muy monótona como les conté anteriormente, y nos aburrimos bastante. Al pueblo no nos dejan pisar, por que la P.M anda como buitres.

Bueno, por último, les diré que yo ando bien de salud y espero que ustedes también.

Avísenle a Yoyi de estas noticias y que cuando me escriban me manden sobres, papel, estampillas y cigarrillos ¡Por favor!

Bueno saludos para todos. Escríbanme bastante, no sean degenerados.

Chau un beso para todos

Luis»

El soldado Luis Alberto Colángelo se presentó el 10 de abril de 1982 para ir a la guerra como radio operador. Había cumplido el servicio militar en La Tablada y salido en la primera baja, pero al iniciar la guerra fue reincorporado.

Colángelo estuvo 72 días en una trinchera de la Isla Soledad con el Regimiento de Infantería Mecanizada 3 “General Belgrano”. Conserva todavía un mapa que indica dónde se ubicaba su trinchera, que según su carta era “cada vez más insoportable” y estaba habitada por “dos o tres lauchas” que les robaban la comida.

La cruz amarilla indica la posición de la trinchera del soldado Colángelo, integrante del Regimiento de Infantería Mecanizada 3 “General Belgrano”. Se encontraban a pocos kilómetros de Puerto Argentino. Mapa de Luis Colángelo.

En las islas. Luis Colángelo (el segundo a la izquierda) junto al jefe de su sección y los otros dos soldados con quienes compartían trinchera o “pozo” como dice en su carta.

El Regimiento de Infantería Mecanizada 3 “General Belgrano» al que pertenecía Luis Colángelo se destacó por su actuación en Monte Longdon y en el combate en el cerro Zapador el 12 de junio de 1982. Dos días después, el regimiento obedeció la orden de alto el fuego sin haberse rendido.

Al terminar la guerra, Colángelo fue tomado como prisionero de guerra para ser trasladado al continente a bordo del buque Canberra. Llegó el 16 de junio de 1982

Recuerdos de la guerra

Luis conserva algunos objetos como tesoros personales que recuerdan los 72 días que pasó en las islas durante la guerra.

Las cartas que sus afectos le enviaron a las islas.

 

 

                                                                                                                                                                                                                                                

 

El escapulario que le entregaron para su protección. Se compone de dos trozos de género, unidos mediante cintas. Esto permite que se coloque el escapulario en el cuello, bajo el uniforme.      Un silbato del buque Canberra, donde estuvo prisionero

Luego de la guerra, se casó con su novia Julia. Desde las islas le había escrito: “Recién le escribí una carta a mis viejos, contándole una idea que tengo. Que cuando vuelva, no sé si inmediatamente, pero antes de febrero nos casamos. Te puedo asegurar que no veo la hora de estar juntos y formar una familia”.

Luis y Julia tuvieron cuatro hijos (dos varones y dos mujeres). En marzo del 2000, su hija Mariela Giselle murió a los 13 años en un accidente de tránsito. Llevaba colgada una medallita de las Islas Malvinas. Su mamá, Julia, cuenta que Giselle era muy “malvinera” y hacía participar a su papá en los actos del colegio.

 Luis y su hija, Mariela Giselle.

Luis, participando con orgullo en un acto en conmemoración de la guerra.

Actualmente la familia Colángelo vive en la ciudad de Centenario, provincia de Neuquén.

 

“El viejo debe estar orgulloso de que yo estoy aquí porque no le voy a fallar”

“Queridos padres: mis deseos son que cuando estas líneas lleguen a sus manos todos gocen de buena salud. Yo estoy bien, gracias a Dios.

Viejos, el 24 de mayo recibí la carta que me escribieron. Mientras la leía, me largué a llorar porque me dio una alegría muy grande. Hacía un mes que no tenía noticias de ustedes ¿Saben cuánto los extraño? A veces me dan ganas de gritar fuerte para que me escuchen ustedes. Ya estoy cansado de dormir en carpa.

Mi compañero de carpa es un soldado de Lobos, se llama Duarte el padre. Trabaja en la barrera de la Irigoyen, papá lo debe conocer. Al padre de él le dicen pantera Duarte.

De los 19 años que tengo, nunca comí cordero como acá todos los días. Salgo a cazar cordero, siempre traemos dos o tres corderos y los hacemos asado, frito o hervido.

¿Sabés una cosa? Hace como un mes que no comemos pan, tengo ganas de comer torta y pan. Más vale que cuando vuelva tenga la bolsa llena de pan porque le voy a prender y no voy a dejar ni una miga.

Cuando vuelva, te voy a contar que hay noches que me agarra una amargura. Todo el día tomo mate. ¿Sabés cómo hicimos un mate? Con el vaso de una granada y la bombilla de una lapicera. Las chicas deben ir bien en el colegio. Analía debe estar en la escuela y Vanesa duerme la siesta. Papá en cada casa debe contar que tiene un hijo que está en las Malvinas defendiendo la soberanía argentina.

El viejo debe estar orgulloso de que yo estoy aquí porque no le voy a fallar.

Si pueden mandar una encomienda con cigarrillos, masitas, mantecol. Lo más importante son los cigarrillos. Dale saludos a la señora de Lali. Decile que para mi cumpleaños ya estoy en casa, si me puede hacer una torta como la que hace la señora de Lali. Y dale saludos al negro.

¡Ah! Si les escribís a las abuelas de papá y tuyas, deciles que estoy bien.

Si salgo de esto de la guerra, también todo el invierno me la voy a pasar en casa sin hacer nada.

Contestame lo más rápido posible así tengo noticias de todos ustedes. Me despido con un beso grande para vos mamá, para mis hermanas y para papá un abrazo grande.

Chau

Horacio Jose Echave.”

Horacio José Echave llegó el 12 de abril de 1982 a las Islas Malvinas. Había sido enviado como apuntador de FAL de la Compañía “B” Piribebuy, donde cumplía el servicio militar obligatorio.

Al llegar, fue asignado junto a sus compañeros al cerro Dos Hermanas, a diez kilómetros al oeste de Puerto Argentino, para detener el avance británico hacia la capital isleña.

Horacio murió en uno de los últimos combates de la guerra, el 14 de junio, durante el repliegue a Puerto Argentino.

La ubicación de Puerto Argentino en la isla Soledad, donde cayó Echave.

Su compañía había recibido las órdenes alrededor de las 14:30. Falleció frente a la casa del gobernador de las islas. Era el último día de la guerra y faltaban 8 días para que cumpliera 20 años. Esa misma noche se firmó el cese al fuego y el retiro de las tropas argentinas.

La Casa del Gobernador de las islas. Horacio falleció frente a este edificio, el último día de la guerra. Crédito foto: Michael Clarke.

El soldado Echave había nacido el 22 de junio de 1962 en Bolívar. Sus padres eran Nélida Montoya y Horacio Dámaso Echave. Tenía seis hermanas mujeres: Liliana, Marcela, Susana, Analía, Vanesa y María Julieta. No llegó a conocer a Juan Pablo, el menor, quien nació después de la guerra.

 Horacio a los 13 años, con sus hermanas. Sostiene en brazos a su hermana Analía.

La familia Echave se trasladó a Lobos, provincia de Buenos Aires, durante la infancia de Horacio. Lo hicieron por la profesión de su padre, quien era ferroviario. Él también quería serlo: aspiraba a ser maquinista de tren.

Con su madre, Nélida. El soldado Echave partió a la guerra sin saber que su mamá estaba embarazada de Juan Pablo, nacido en octubre de 1982.

Como soldado

Una fotografía tomada en la Escuela Primaria Nº 1 Pilar Beltrán, en Lobos, muestra a Horacio José disfrazado de soldado en un acto escolar.

La última foto

La familia conserva una única imagen de Horacio en las Islas Malvinas. La encontraron en las redes sociales hace 9 años. Echave le había pedido a Eduardo Rotondo, corresponsal de guerra, que les tomara una foto a él y a su compañero para salir en una revista y así su familia y amigos supieran que estaba bien.

Horacio José Echave (izquierda) y un compañero, retratados por Eduardo Rotondo.

La familia también conserva otros recuerdos de Horacio José en la casa de Lobos. Los sobres de sus cartas y una radio en su cuarto, que compró para escuchar bandas de rock.

Horacio había dejado el colegio a los 16 años y empezó a trabajar en la colocación de antenas. La radio que todavía se encuentra en su cuarto fue una de las primeras compras que hizo con su sueldo.

De Puerto Argentino a Lobos. El sobre de la carta enviada por Horacio José

Los restos de Horacio José Echave se encuentran en las islas. El 15 de diciembre de 2017 se notificó a su familia que su cuerpo había sido identificado en el cementerio de Darwin.

 

“Esperame en casa que uno de estos días llego”

“Islas Malvinas,

24 de abril de 1982

Querida Viejita:

Hoy como todos los días, pienso en vos y toda la familia. Tengo muchas ganas de charlar con vos para darte ánimo y decirte que te quedes tranquila. Sí, ya sé que es muy difícil lo que te pido, pero no te queda otra cosa que confiar plenamente en mí.

Cuando salimos de Puerto Belgrano, el Teniente nos dijo que teníamos que madurar de golpe y ser todos ‘hombres’. Lo que te puedo decir es que yo ya siento eso, tengo al igual que mis compañeros responsabilidades que tenemos que cumplir y solo lo logramos por medio de nuestra madurez.

Viejita sé que para vos sigo siendo tu negrito, pero hoy soy un hombre y me sé cuidar muy bien. No pienses que tengo frío, que no tengo qué comer o que estoy enfermo porque nada de eso pasa. Nos cuidan y nos tratan muy bien, tenemos comida y el estado de ánimo es bueno. Yo estoy tranquilo, porque tengo fe y sé positivamente que este no es el momento para que me pase algo malo.

Durante estos días, me acordé de mi bendición patriarcal y recuerdo las bendiciones que él tiene para mí. Voy a trabajar en el templo y, lo que es más lindo, voy a tener una familia como la nuestra. Mami, vos tenés que ser fuerte, como lo fuiste siempre. No te dejes tirar abajo, yo estoy bien, estoy con ustedes, soy inmortal, tenemos un Dios y él nos ama. Mañana será domingo y como todos los domingos me los imagino con ustedes en la capilla.

Tengo que ser feliz por haber vivido todos estos años al lado de ustedes y, lo que es más, recuerdo cuando era chiquito y pasaba todos los días a tu lado. Sos una gran mamá, me diste todo. Sé que cuando esté nuevamente en casa, podré disfrutar de todas estas cosas. Cuidate mucho. Quiero que estés linda para cuando yo te diga que ‘ya’ podés ir a esperarme a la estación.

Pasamos muchos ratos malos y estamos dispuestos a sufrir mucho más, pero esto tiene su recompensa. ¡Ah! No te olvides de ponerte la meta de ir al templo. Bueno, ya no tengo más para contarte. Solo pedirte que, escuches lo que escuches, no te desesperes. Confiá en mí y esperame en casa que uno de estos días llego. Tengo tanto para contarte… Quiero que les des saludos a todas las personas que pregunten por mí. Si ves a Cristina, le das mi dirección, ella me escribe cartitas lindas.

Muchisisisisimo cariñitos para papi, el gran “Pichin” y la más linda de las “Floren”. Y para vos, un besote con mucho ruido. Chau viejita, hasta mañana.

El negrazón

P.D.: Saludos para Luisita, Mecha y Lili. ¡Ah! Y la paragüita de la madre también.

Ahora sí, ¡chau!”

El soldado José Cruz llegó a las Islas Malvinas con 21 años, el 11 de abril de 1982. Era parte de la sección “Perros de Guerra”. Cruz, fanático desde la adolescencia de los ovejeros alemanes, se había entrenado como adiestrador y había logrado ingresar al Batallón de Seguridad de la Base Naval en Puerto Belgrano, perteneciente a la Infantería de Marina, por su conocimiento sobre estos perros.

 

José empezó a adiestrar ovejeros alemanes a los 15 años. En la fotografía está en la vereda de la casa familiar junto a la primera ovejera que compró y adiestró.

La familia Cruz antes de la guerra: Rubén y Berta con sus hijos Víctor y José. Víctor, el mayor, le inculcó su afición por los ovejeros alemanes. Luego nacerían Osvaldo y Florencia, los dos hermanos menores, a quienes José menciona en su carta.

Al poco tiempo de empezar el servicio militar obligatorio, José fue asignado con “Vogel”, el perro que lo acompañaría en la guerra. Los dos compartieron diez meses juntos antes de desembarcar en las islas.

Vogel (”pájaro” en alemán). Una fotografía posterior a la guerra lo muestra con la capa de abrigo que se les colocaba para enfrentar el frío de las islas.

La agrupación de Perros de Guerra estaba compuesta por 18 ovejeros alemanes y sus guías, quienes pasaron dos meses y medio custodiando Puerto Argentino y acompañando a los nidos de ametralladoras en primera línea para evitar infiltraciones enemigas. También realizaban tareas de patrullaje, seguridad en las instalaciones de la Armada, control de población civil y de prisioneros y defensa de los puestos de comando.

De izquierda a derecha: Oscar Pérez con su perro Keni, Néstor Pérez, Carlos Silvas y su perra Xuavia, Ángel Albarracín y José Cruz con su perro Vogel.

Fotografías de la guerra

José conserva fotos tomadas por una cámara Kodak, que encontraron con sus compañeros en una encomienda y se apropiaron “sin permiso”, como él recuerda.

Posando en Puerto Argentino, en una calle paralela a la costanera. Atrás se observa la oficina del correo. José está sentado con su casco en la mano.

Patrullando las islas junto a sus canes. José y Vogel en el extremo derecho

Cercanos al búnker de la agrupación, en un antiguo polígono kelper en Puerto Argentino. José, a la izquierda. A la derecha, su compañero el cabo segundo Alejandro Marín.

José y Vogel regresaron juntos de la guerra. José se casó con Alicia, a quien conoció en las islas a través de sus cartas. Nunca antes se habían visto: ella era una de los miles de argentinos que les escribían a los combatientes para acompañarlos. Estuvieron casados más de 25 años. Tuvieron cuatro hijas y un varón que falleció a las horas de nacer.

Actualmente José está en pareja con Gabriela. Planean casarse pronto.

 José y sus hijas: Camila, Jimena, Jazmín y Rocío

Una cadena, regalo de su novia Gabriela, recuerda a Vogel y hace referencia al apellido de José, simbolizado por la cruz

Vogel fue el más longevo de la agrupación Perros de Guerra. Nació el 22 de mayo de 1978 y murió el 1 de diciembre de 1991. Fue enterrado en la Base Naval de Puerto Belgrano. Su tumba mira hacia las islas y es un monumento en honor a todos los canes veteranos de guerra.

Fue el único perro condecorado por acciones en combate por su actuación en defensa de Puerto Argentino.

“Hoy 12 de junio empezó el ataque final. Quedate tranquila, todo está bien”

“12 de junio de 1982

Querida familia

Hoy llega el Papa a nuestro país, espero que sea la proximidad de la paz. Dios quiera. Ayer se cumplieron 2 meses desde que llegamos a las Malvinas. Y las cosas no están como antes. Los ánimos están caídos, la moral no es la misma, desde nuestro jefe hasta el soldado más joven. Todo se debe a la conducción de las fuerzas del ejército. Es una vergüenza para el país el ejército que tiene, que si no fuera por la aviación y la marina esto ya era inglés.

Cambiando de tema, el puente aéreo es cada vez más irregular. No con la correspondencia que va, sino con la que viene. El otro día recibí el telegrama que me hizo sentir mejor, por desgracia las encomiendas por ahora no llegan, veremos más adelante. Está todo trabado en Comodoro y en Río Gallegos. Algún día.

Ayer también recibí otras cartas atrasadas, no por el puente aéreo sino porque habían puesto compañía B en vez de “C”. Pero llegaron las de Carlos, las de Horacio, las de Gustavo. Por desgracia, yo no puedo escribirles a todos, por eso dale a todos ellos mi más grande agradecimiento y que cuando vuelva lo haré personalmente.

También recibí la carta de Fabiana y de Sandra, lo mismo para ellas.

Mi salud es perfecta, pero cada día tolero menos el olor encima. La guerra para mi grupo está lejos todavía y dudo entrar en ella, así que no te preocupes vieja. Las donaciones ya no hay, ni cigarrillos ni nada. Qué se le va a hacer, nadie puede hacer nada.

¿Cómo anda Carolina en el colegio? ¿Qué aprendió de nuevo? Contame cómo andas en órgano y en las tortas bien llenas de crema y dulce de leche. ¿Cómo anda Cacho en su trabajo? ¿Y el coche? ¿Y nuestro querido edificio? Y todos los que viven alrededor de ustedes.

No sé si esta carta la mandaré hoy, no sé qué día, así que al final de la carta te pongo la fecha en que la mando y si hay alguna novedad de último momento. Contale todo esto a la abuela, no sé si hoy voy a escribirle. Trataré, pero si no es hoy será mañana.

¿Cómo andás vos vieja? Espero que tranquila y confiada, pensá que no falta nada para el reencuentro.

¿A que no sabés? Me gusta la leche, quién lo iba a decir. Bueno vieja, por hoy termino de escribir. Retomaré el día que te la mande.

Hoy 12 de junio te mando la carta.

Hoy empezó el ataque final.

Quedate tranquila, todo está bien.

Saludos y Besos

Los recuerda

Víctor”

El soldado Víctor Spala llegó a Malvinas el 11 de abril de 1982, a las 23.30. Faltaban un par de semanas para que cumpliera 20 años. Pasó 73 días en la guerra, donde peleó con una pistola 9 mm. Era el arma con la que lo había equipado el Ejército.

Ubicado en el Monte William, le asignaron el rol de operador de plancheta. Manipulaba morteros, administraba municiones y pólvora; entre sus responsabilidades estaba asegurarse de que los cañones no explotaran accidentalmente.

Una imagen en las islas. Víctor (en el centro, con un cigarrillo en la mano) acompañado por sus compañeros de regimiento en las cercanías del Monte William.

La carta del soldado Spala está fechada el 12 de junio, dos días antes del final de la guerra. Menciona la visita del Papa Juan Pablo II, de la que todavía conserva un recuerdo a través de la tapa de Clarín de ese día.

Sólo dos días después, y mientras se negociaban las condiciones del cese del fuego, la vida de Víctor estaría en riesgo en dos ocasiones: la guerra ya había terminado, sin embargo, en el medio del caos, un teniente propuso volar todas las cajas de municiones para “no dejárselas a los ingleses”. Spala fue quien le acercó el encendedor para prenderlas. “Me equivoqué, es una mecha rápida, corré”, gritó el teniente. Los dos volaron por los aires. Aturdido, Víctor intentó volver hacia sus compañeros, hasta que escuchó una advertencia del teniente: el suelo que debía cruzar estaba minado. Confundido por la explosión y entumecido, se concentró con toda su atención para no morir.

La familia Spala

Descendiente de polacos, los dos padres de Víctor también vivieron la guerra. Su madre estuvo en el Ghetto de Varsovia y sobrevivió a un campo de concentración. Su padre, paracaidista en combates en Holanda, también peleó en la Segunda Guerra del lado de los Aliados. Era él quien lo alentaba a irse a estudiar a Polonia pocos meses antes de la guerra de Malvinas. Sin embargo, su abuela le insistía para que se quedara en la Argentina, “donde nunca habría una guerra”. Víctor hizo caso a la segunda: terminó el colegio y empezó el curso de ingreso a Ingeniería Mecánica en la UBA.

 Una visita durante el servicio militar de su madre, el marido de ella, Roberto, y la pequeña Carolina, hermana menor de Víctor. Cumplió el servicio militar en el Regimiento 3 del cuartel de La Tablada.

El carnet de la Casa del Veterano de Guerra que Víctor conserva desde la década de los 80.

Al regresar de la guerra Víctor estudió Análisis de Sistemas y también realizó una licenciatura en Ciencias Sociales y Humanidades. Hace dos años presentó “Cambio de andén”, una novela en la que se mezclan sus experiencias en Malvinas y una historia de amor.

Víctor vive actualmente en Banfield. No suele frecuentar grupos de ex combatientes y sólo se mantiene en contacto con uno de sus compañeros de Malvinas: otro se suicidó y un tercer compañero, quien era muy amigo, se alejó.