CARTAS DESDE LAS ISLAS Primera Serie

FUENTE: Diario Clarín             

Este texto corresponde a la serie «Cartas desde las Islas», una edición de la correspondencia enviada por 15 soldados y oficiales durante la Guerra de Malvinas. Saber más: 

Primera Serie

1.- Palabras escritas en las trincheras

2.- “Acá hace frío, hace mucho que estamos dando vueltas y ya estoy cansado”

3.- “En la encomienda poneme una cámara con varios rollos.  Quiero llevarme grandes recuerdos.”

4.- “De no llegarnos la ropa de invierno, no sé si nuestros cuerpos resistan”

Palabras escritas en las trincheras

Clarín enviará por email a los lectores registrados y a los que lo hagan para participar de esta experiencia, la transcripción de quince cartas que soldados y oficiales argentinos escribieron desde las islas.

Llegarán una por día a partir del 2 de abril, día del desembarco de las tropas argentinas al archipiélago de Malvinas, a aproximadamente seis millones de personas.

Son quince relatos personales, que tendrán también su versión en inglés.   Ocho de sus autores perdieron la vida en los combates. Otros siete, sobrevivieron. Pertenecieron al Ejército, la Marina y la Fuerza Aérea.

El capitán (PM) de la Fuerza Aérea, Manuel Oscar Bustos, antes de emprender su última misión en las islas

Una carta desde el frente de batalla es un pedazo de emoción; un pedido desesperado de cariño; una esperanza incierta de reencuentro dándole valor a aquellos mínimos gestos cotidianos que antes de ir al frente eran una aburrida rutina; un grito patriótico para darse valor y no flaquear en el momento de enfrentarse al destino.

Son también una despedida muda.

Es todo eso y mucho más porque al final lo que queda del remitente es ese sobre ajado, esas líneas leídas tantas veces para no perder definitivamente al hijo, al esposo, al hermano, al amigo, al padre.

El teniente primero (PM) Luis Carlos Martella con su pequeño hijo Santiago, a quien le escribió desde Puerto Argentino con motivo de su primer cumpleaños.

Una carta desde la trinchera es un recorte del momento que vivirá siempre en esas líneas apuradas, elementales, escritas en un pozo de zorro, bajo la lluvia, el viento y el frío, en la espera impaciente del ataque enemigo y, a la vez, con la esperanza de que no se concrete.

Para quienes aguardaban noticias de sus seres queridos la llegada de esa carta era un momento mágico y a la vez temido. Rasgar el sobre, acariciar ese papel que había sido acariciado tal vez por el soldado que quiere transmitir su entereza pero también sus miedos agazapados, buscando la imaginaria cercanía que despierta esa letra prieta, despareja, única para los ojos emocionados de quien la lee. Un testimonio que es, para algunos, el único retazo que les queda de aquel joven sonriente que muestran las fotos que atesoran.

El soldado Marcelo Daniel Massad, caído a los 19 años en la batalla de Monte Longdon.

En aquellos días no existía un mundo hiperconectado como el de ahora. Ni teléfonos celulares ni el uso masivo de emails. Ni aún el fax. Solo el correo común. La carta dentro de un sobre, una estampilla, el correo que la llevaba a su destino.La carta enviada por el soldado Marcelo Daniel Massad.Los sobres recibidos en Malvinas por el soldado Luis Colángelo, sobreviviente

Las cartas que forman parte de este proyecto son las originales y se envían por email para que sean leídas en el mismo entorno en el que los usuarios habitualmente utilizan para leer correos de personas cercanas.

Junto a esos textos, se describe el contexto en el que se desempeñó cada uno de los autores elegidos en esta selección, lo que hizo antes de pisar la turba malvinera y cómo vivió después, en el caso de aquellos que pudieron volver de la guerra. Cada una de las cartas estarán acompañadas de documentos, recuerdos y algunos objetos asociados al autor, además del testimonio de sus seres queridos.Uniforme del primer teniente (PM) Carlos Julio Castillo, caído mientras cumplía una misión sobre el Estrecho de San Carlos.

“Cartas desde las Islas”, la investigación de Clarín, de sus periodistas y asociados, busca ofrecer así una vivencia directa, sin intermediarios, de aquellos que lucharon en las islas y en el Atlántico Sur, en aquel frío e inolvidable otoño de 1982.

Ricardo Kirschbaum
Editor general de Clarín

“Acá hace frío, hace mucho que estamos dando vueltas y ya estoy cansado”

En navegación

22 de abril de 1982

Querida Familia:

Creo que hoy vamos a entrar a Ushuaia a cargar combustible y a reparar una avería en el tablero de distribución eléctrica ya que se quemó. Para repararlo, tiene que estar completamente desalimentado y en navegación eso es imposible.

Creo que estaremos un día y no nos van a dejar bajar. Al menos eso dijeron y luego saldremos nuevamente a dar vueltas como hasta ahora. A Puerto Belgrano no se sabe cuándo llegaremos, pienso que entre mediados y fin de mayo.

Acá hace mucho frío y hace mucho ya que estamos dando vueltas por acá y ya estoy cansado. Nos levantan a cualquier hora del día por práctica de combate y demás, pero todo es al pedo porque no va a pasar nada.

Yo que pensaba hacer unos mangos con los cigarrillos, mirá no nos van a dejar bajar todavía de todo esto encima.

Quisiera para mi cumpleaños estar allá, pero lo veo imposible. Pero para cuando vuelva me vas a hacer una merienda de café con leche, con manteca y mermelada o dulce de leche. Por la noche pizza y como postre compota, pero no bife porque sabés que de un trabajo que hice en enfermería me dieron 10 días de dieta y todos los días me dan bife con arroz solo y con papa hervida con zapallo.

Acordate mami de cobrar y depositar el dinero en el banco. Y papi que me compre el F600 o el Peugeot de ese tipo que vive en la Base, para los dos.

Mami, acordate si lo ves a Carlos N. decile que estoy bien o dale la carta para leer porque no tengo tiempo de escribir otra aparte para él, ni tengo plata, ni sobre, ni hoja.

Bueno, sin más que decir me despido con grandes ganas de estar junto a ustedes. Besos y saludos para todos.
Chau   

Nonin”

   
Nota sobre la carta:
A diferencia de otras cartas enviadas por soldados y oficiales en plena Guerra de Malvinas que han sido leídas y releídas cientos de veces por sus destinatarios, la carta que Edgardo “Nonin” Behrendt envió a su familia desde el ARA “General Belgrano” permaneció en un sobre cerrado por casi 40 años. Eduardo, hermano mayor de Edgardo, decidió compartirla con Clarín para el proyecto “Cartas desde las Islas” y prometió leerla antes de entregarla. La misiva fue enviada desde Ushuaia el 22 de abril de 1982, pero llegó a manos de la familia Behrendt luego de que se enteraran que el crucero donde viajaba Edgardo había sido hundido.

El ARA General Belgrano fue comprado a la Armada de los Estados Unidos en 1951. Crucero ligero, salió indemne del ataque japonés a Pearl Harbor en la Segunda Guerra Mundial.

El cabo segundo Behrendt estaba dentro de la dotación de electricistas del buque, que navegaba fuera del área de exclusión con la misión de vigilar a las fuerzas inglesas. En su carta, Behrendt menciona que se dirigían a Ushuaia para reabastecerse. El 24 de abril, dos días después de la carta de “Nonin”, el buque soltaría amarras por última vez desde ese puerto.

Para el 1º de mayo el Crucero ya había sido detectado por el submarino nuclear británico HMS “Conqueror”. A las 16:02 del día siguiente recibió el primer ataque: un torpedo Mark 8 impactó en la sala de máquinas. El segundo impacto fue en la proa. El buque empezó a irse a pique. Edgardo Behrendt se encontraba en su camarote descansando al momento del primer impacto. Su guardia había terminado dos horas antes, a las 14 en punto. Leandro Vitto, compañero y amigo, lo había invitado a pescar —actividad que solían hacer para entretenerse—, pero prefirió irse a dormir.

El crucero se hundió a 4.200 metros bajo el mar en la cuenca de Los Yaganes. Estaba a 210 millas al sur de la isla Gran Malvina.

En el hundimiento del ARA Belgrano fallecieron 323 personas (casi la mitad de los caídos en la Guerra de Malvinas). Aproximadamente 300 lo hicieron en el primer instante del ataque, el resto posteriormente en las balsas a causa de las heridas, el frío y oleaje.

La tapa de Clarín del 4 de mayo de 1982. Hasta el momento de la publicación se habían rescatado tan solo 123 de los más de mil tripulantes de la nave. El gráfico en tapa muestra la ubicación del General Belgrano al ser atacado, por fuera de la zona de exclusión.

El hermano mayor de Nonin, Eduardo, se enteró el mismo día del hundimiento del buque. Durante veinte días fue a Puerto Belgrano para saber qué había pasado con Edgardo, hasta que la Armada le comunicó oficialmente que no estaba en la lista de sobrevivientes.

El punto donde se hundió el crucero ARA Belgrano

Nonin

Edgardo Gustavo Behrendt había nacido el 13 de mayo de 1963 en Bahía Blanca. Vivió allí hasta su adolescencia con sus padres, Emilio y María Angélica, y el resto de su familia. Era el hermano del medio: en total eran cinco hermanos (cuatro varones y una mujer).

Lo apodaron “Nonin”. Así le decía su hermano mayor Eduardo cuando intentaba decirle “nene”.

Cursó hasta segundo año de la secundaria en la Escuela Media Nº2 de Bahía Blanca. A los 15 años se mudó a Capital Federal para estudiar en la Escuela de Mecánica de la Armada.

El recuerdo de un “Nonin” adolescente en la casa familiar. En la última carta que envió desde Ushuaia, le cuenta a su familia cómo le hubiera gustado festejar su cumpleaños ese 13 de mayo de 1982. Cuando murió le faltaban once días para cumplir los 19 años.

En homenaje

La flota de camiones de la empresa de Eduardo Behrendt tiene la imagen del ARA Belgrano, las Islas Malvinas y el retrato de “Nonin”.

Cada accidente geográfico en la Isla de los Estados, ubicada al este de la Isla Grande de Tierra del Fuego lleva el nombre de un caído en el buque insignia de la Armada Argentina.

 

 

 

 

 

 

 

En la imagen, Pta. Behrendt, en honor a Edgardo: uno de los 323 soldados argentinos caídos en el hundimiento del ARA General Belgrano

 

“En la encomienda poneme una cámara con varios rollos. Quiero llevarme grandes recuerdos.”

Puerto Malvinas

27 de abril de 1982

Querida hermosa familia, ayer 26 de abril recibí la primera carta. Me llegaron las tres cartas juntas, la de ustedes, María Alicia y Vicki. Verdaderamente me puse muy contento. Por lo que dicen las cartas, todavía no han llegado mis otras dos cartas que les mandé desde las MALVINAS.

Estoy esperando ansiosamente una encomienda lo más completa posible. Mamá, si te animás, en la encomienda poneme una cámara fotográfica con varios rollos a color. ¿Sabés? Quiero llevarme grandes recuerdos.

Cambiando de tema, me puse muy contento cuando recibí la carta de María Alicia y el dibujo de José Pablo.

Papá, por favor quiero ver el 0 km cuando llegue. Ayer logré enterarme que Banfield perdió con Alte Brown ¡Qué desastre! Cada vez está haciendo más frío, en estos días seguro que empezará a nevar.

Me olvidaba, el otro día vino Galtieri y estuvo cerca nuestro al igual que el gallego Gómez Fuentes. En el avión que nos trajo a las Malvinas había un periodista que nos sacaba fotos, pero si les digo el nombre de una revista les voy a mentir.

Papá Coquito, si no puedo llegar a escribir otra carta te deseo Feliz Cumpleaños.

Quiero volver y abrazarlos a todos y no soltarlos más. Estando aquí estoy comprendiendo lo que es tener una familia, recién ahora me doy cuenta estando a tantos kilómetros. No les voy a mentir, cuando me puse a leer sus cartas empecé a llorar como un tonto. Me despido porque no tengo más espacio para escribir. Saludos. Todos.

PD: En la encomienda mándenme diarios y revistas, los más recientes posibles”

Marcelo Daniel Massad llegó a las islas el domingo de Pascuas de 1982. Al empezar la guerra, le faltaban solo tres días para ser dado de baja del servicio militar obligatorio. El lunes 5 de abril se presentó en el Regimiento de Infantería Mecanizado 7 de La Plata y no volvió más a su casa. Nueve días después, llegó a Malvinas.

Daniel había sido convocado en el verano de 1981 para recibir el número que definiría su destino durante el servicio militar obligatorio. Mientras esperaba en la fila, se encontró con un amigo y, para seguir charlando, le cedió su turno a la persona detrás de él. Ese chico recibió un número bajo, no tuvo que hacer la conscripción. Daniel, en cambio, fue asignado al regimiento en La Plata desde donde partió a la guerra.

Fines del secundario. Daniel, sentado en el medio, con sus compañeros del colegio San Andrés donde se recibió de bachiller.

Luego de casi dos meses después de su llegada a las islas, el Regimiento de Infantería 7 de La Plata al que pertenecía el soldado Massad custodiaba el Monte Longdon, una ubicación clave en torno a la guarnición argentina, asentada en Puerto Argentino. En la noche del 11 de junio de 1982, comenzaba allí una de las batallas más cruentas de Malvinas. Durante casi 9 horas y entre fuego de morteros, relámpagos de bengalas y bayonetas, soldados argentinos y británicos lucharon cuerpo a cuerpo por Puerto Argentino.

Marcelo Daniel Massad fue uno de los caídos en la batalla. Aunque se había dado una orden de repliegue, Daniel continuó la marcha para comunicarle esa instrucción a otro grupo que no lo había escuchado. Fue entonces cuando una ráfaga de ametralladora le dio en el pecho. En la mano apretaba un rosario “doble”: había unido el que le entregó su madre Dalal antes de irse a las islas y el que había recibido del Ejército.

La ubicación del Monte Longdon en la isla Soledad, donde cayó Daniel Massad.

El doble rosario que llevaba Daniel en la Batalla de Monte Longdon. Un compañero lo retiró de su cuerpo para llevárselo a su familia

Ese mismo día en el continente iniciaba la visita del Papa Juan Pablo II. Millones lo acompañaron en sus misas en la Basílica de Luján, en Palermo y en la Catedral Metropolitana, entre ellos la madre de Daniel, Dalal Massad. La tapa de Clarín del sábado 12 de junio refleja su visita: “El Papa abogó por una paz justa y digna”.

Tapa de Clarín del sábado 12 de junio, luego de la primera jornada de la visita papal.

Dos días después de la muerte de Daniel y de la visita del Papa, el 14 de junio de 1982, el gobernador militar de las islas, Mario Benjamín Menéndez, firmaba la rendición y el cese de hostilidades ante el comandante de las fuerzas terrestres británicas, Jeremy Moore.

La tapa de Clarín del 15 de junio de 1982 comunica el cese de los combates.

De Banfield a Malvinas

Marcelo Daniel Massad había nacido el 31 de diciembre de 1962 en Banfield, en la Provincia de Buenos Aires. Sus padres, Said Osvaldo “Coco” Massad (a quien menciona en su carta como “papá Coquito” y le desea un feliz cumpleaños anticipado) y Dalal Abd eran ambos de ascendencia siria.

Una fotografía familiar tres años antes de la guerra. Daniel junto a sus padres y sus hermanas Yamile y Karina en la casa de Banfield, reunidos por los 15 años de Yamile (de fucsia).

Fiesta de Egresados. Daniel baila con su mamá, Dalal, a fines de 1980. Al año siguiente ingresaba al servicio militar obligatorio.

En la primaria, con una maestra en el Colegio Lincoln de Banfield

Daniel era un hábil deportista y un fanático apasionado de Banfield. En su carta menciona que “logró enterarse” que su equipo había perdido contra Almirante Brown. (Probablemente hace referencia al partido del 17 de abril, diez días antes de su carta, en el que su club perdió 0-1 por un gol de Héctor Rivoira).

Antes de partir a Malvinas había conseguido jugar de arquero en las divisiones inferiores del club. En una de sus cartas, le pidió a su padre que hablara con la Comisión Directiva para que le reservaran su lugar en el equipo hasta su regreso. Que se comprometía a defenderlo tal cual estaba defendiendo las islas y a la Patria en Malvinas.

Las medias que usaba Daniel para jugar de arquero en las divisiones inferiores del Club Atlético Banfield

Su raqueta de tenis y banderín, colgadas en su habitación

Un televisor Philco, exacto como lo dejó Daniel en 1982.

La carta dirigida a su madre, Dalal, enviada desde las islas.

La familia Massad todavía vive en la casa de Banfield, donde mantienen intacta la habitación de Daniel. Los restos de Daniel descansan en el cementerio de Darwin.

 

“De no llegarnos la ropa de invierno, no sé si nuestros cuerpos resistan” 

“Pto. Argentino

18 de mayo de 1982

Papá y Mamá Castellini, Pablo, Darío, Graciela y todo el que lea esta simple carta de un soldado más.

Queridos amigos: después de cuarenta largos días me acerco hasta uds. a través de este simple manuscrito; hoy ha sido una carta la que nos acerca, pero es mi pensamiento el que lo hace en forma permanente.

Son las 9 hs, hoy amaneció muy frío y lluvioso, eso no es problema, ya nos vamos acostumbrando a tan riguroso clima. De no llegarnos la ropa de invierno, no sé si nuestros cuerpos resistan.

Son muchos los muchachos que caen en la enfermería a diario. Por ahora no he aflojado, espero que eso no suceda.

Aquí en primera y segunda línea la cosa se complica cada vez más. La comida escasea, el agua se raciona, cigarrillos no se ven (salvo que arriesgándonos mucho nos escapemos al pueblo), el clima es cada vez más frío, la lluvia es casi permanente, las posiciones se nos inundan, tuvimos que cambiar de zona y cavar nuevas cazamatas, la ropa se humedece y es casi imposible de secar. En fin, todo se complica.

Me he enterado que en Bs. As. se dice que estamos muy bien. En vez de reportear a los que viven en el pueblo, ¿por qué no nos reportean a nosotros?

A pesar de todas las adversidades, el ánimo en la tropa es bueno.

Sucede que no nos olvidamos para qué estamos aquí; y les puedo asegurar que el Soldado Argentino se banca cualquier cosa, siempre y cuando esté de por medio el bienestar de la patria toda.

Yo personalmente, le agradezco a El Todopoderoso que me haya elegido para tan importante y regocijante misión.

Solo esperamos no defraudar a todos aquellos que tienen fe en nosotros.
Con respecto a la situación, no sé qué es lo que va a ocurrir, si algo llegara a pasar que Dios padre nuestro nos ayude.

Es lógico que con lo que se extraña, más en esta situación, quiero volver cuanto antes, pero más que yo mismo importa la situación de nuestro país Argentina.

Si algo me sucediera (no es dramatizar, sino ser realista) sería con una gran sonrisa, un viva la patria y un gracias a todos.

A pesar que las fuerzas no son las de los primeros días, nuestro ánimo es bueno y es mucha nuestra fe. Pedimos al igual que ustedes por la paz.

Yo personalmente tengo fé en la Razón y la justicia y creo que es por eso que se está luchando. Dios escucha nuestras súplicas y rezos. Dios y la Virgen nos van ayudar.

¡Que Dios ilumine la mente de los gobernantes en lograr una solución pacífica a este diferendo!

Deseo de todo corazón que mis amigos de siempre se encuentren bien de salud, física y espiritual.

Un beso de hermano muy grande a los cinco.

Saludos a sus familiares, un especial saludo para Marcelo y su familia. Besos y más besos al barrio todo. Es mucho lo que los extraño.

Supongo que cuando vuelva me estarán esperando con una docena de pizzas.

Besos y saludos para todos.

¡Por favor quiero tener noticias!

No dejen de escribir
Víctor”

 

Víctor Hugo Cañoli llegó a las Islas Malvinas como soldado conscripto alrededor del 10 de abril de 1982. Tenía 20 años. Había realizado el servicio militar el año anterior, en la Compañía «A» Tacuarí del Regimiento de Infantería Mecanizada 3 General Belgrano, en La Tablada. Al empezar la guerra se encontraba de licencia para cursar la universidad, pero decidió ofrecerse como voluntario para ir a la guerra tan pronto como se enviaron los comunicados.

La llegada a Puerto Argentino del Regimiento de Infantería Mecanizada 3 General Belgrano. Viajaron en un avión de Aerolíneas Argentinas sin asientos, cargando todo su armamento individual y los bolsos portaequipos

Durante los primeros días en las islas, Cañoli fue asignado a las primeras posiciones de combate delante de Puerto Argentino, entre la costa y el pueblo, en la Isla Soledad. Se desempeñaba como radio operador del Pelotón Comando de la Sección Apoyo de su compañía. Desde allí escribió una carta a la familia Castellini, vecinos y amigos, con quienes podía sincerarse. En las cartas a su propia familia prefería tranquilizarlos.

Víctor (segundo en la fila) y sus compañeros en Puerto Argentino, a fines de mayo de 1982. Ese día los llevaron a la capital isleña para bañarse y tener un día de esparcimiento. Durante jornadas como esta, podían desplazarse todos juntos o en fracciones, como se observa en la fotografía tomada por Eduardo Rotondo.

Otra imagen tomada en Puerto Argentino. Cañoli es el primero de derecha a izquierda. Lo acompañan sus compañeros de la Compañía “A” Tacuarí. En el fondo se observa la torre de una iglesia británica

La Iglesia de Santa María, en Puerto Argentino, cuya cúpula se observa en la imagen anterior. Es la única iglesia católica de la isla.

Un tiempo después, la compañía que integraba el soldado Cañoli fue desplazada hacia el sur, a las cercanías del Cerro Zapador y Moody Brooks. Los últimos días de la guerra tomaron posición en la ladera noroeste del cerro Tumbledown, para reforzar junto a otras unidades el cerco defensivo.

En la noche del 13 de junio, Cañoli y su compañía avanzaron contra las tropas británicas en apoyo al Regimiento 7, asistiendo con sus morteros y misiles hiloguiados. Quedaron aislados en el cerro, e incomunicados con el resto de la compañía. Nunca recibieron la orden de repliegue: combatieron hasta agotar las municiones. Ya era 14 de junio. No sabían que el gobernador militar de las islas, Luciano Benjamín Menéndez, había firmado la rendición y el cese de fuego. Con la intención de reorganizarse, durante el repliegue cayeron mortalmente heridos los soldados Andrés Aníbal Folch y Julio Rubén Cao.

Prisionero

Al terminar la batalla fue alojado en un galpón como prisionero de guerra. Desde allí lo trasladaron al buque británico Canberra, que lo regresó al continente, específicamente a Puerto Madryn.
Una imagen como prisionero. Es el tercero en la fila de la derecha. Marchaban hacia el buque Canberra

Al llegar al continente viajó a Campo de Mayo. Allí le ordenaron entregar sus uniformes y pertenencias, pero luego logró recuperarlas y todavía las conserva.

             La campera con la que se abrigó en el cerro Tumbledown. Conjunto de pantalones y chaleco. Un entero que encontró en una estancia ocupada previamente por la marina británica. Le sirvió para abrigarse cuando nevaba y las temperaturas descendían bajo cero.

De vuelta en el continente, se recibió en 1987 como profesor nacional de Educación Física. Dos años más tarde se casó con Adriana Alicia Robledo, quien había sido su novia desde su regreso de Malvinas. Tuvieron dos hijos: Jonatan Ezequiel y Daiana Ayelén.

Víctor y su hijo. Jonatan Ezequiel nació el 10 de junio: el Día de la afirmación de los derechos argentinos sobre las Islas Malvinas.

Adriana junto a su segunda hija, Daiana Ayelén

Víctor vive en Ramos Mejía, barrio del partido de La Matanza en la provincia de Buenos Aires. Es el autor de “Por haberte conocido”, el libro donde plasmó su experiencia en la guerra.